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Las mujeres de Margareth Von Trotta: Rosa Luxemburgo (la película).


Miguelángel Núñez

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Como a cualquier humano al que aún le funcione ese órgano llamado alma, me dejó impactado saber que a Rosa Luxemburgo la habían asesinado. Escuché su nombre de un guerrillero famoso, también lo leí en las listas de escritoras políticas de todos los tiempos pero fue una semblanza de Eduardo Galeano el puente que me conectó a su obra. Parecía insólito que sólo por pararse y hablar en público, fuerzas armadas la hubieran acallado arrastrándola del cabello, doblándola de un culatazo y disparándole en la conciencia.

Esas tres escenas en crescendo dramático pudieron legarse 40 años después gracias, me imagino, al testimonio de un soldado que habría protagonizado la agresión. Con la inmediatez y  cubrimiento de los sentidos que permite el cine, se ve a B. Sukowa, en su última toma, sentada en cama adivinando dos sucesos: los decesos inminentes suyo y de su compañero. Allí, al vidente enganchado a la tragedia, le ocurre algo extrañísimo: comparte el proceso psicológico de anulación de la personalidad, que Rosa sufrió y que Bárbara interpreta, agenciado por un escuadrón de eliminadores. En el minuto que pasa, entre la última carta jugada por la Rosa preguntando "A qué cárcel me llevan?" y su cuerpo sin espíritu  al río lanzado, me paseé del miedo a la angustia, al terror y al horror de la aniquilación.

Dos días después de haber pillado esta película de M. von Trotta aún vibran cuerdas tocadas, y es porque en Colombia hemos desarrollado un instrumento íntimo, parecido a la escopetarra, labrado por el cariño de nuestras/os mayoras/es con los relatos de violencia acumulados desde los años ochenta-noventa.

Acontecimientos  plasmados en nuestra memoria audiovisual: el cañonazo de un tanque a la fachada del palacio de justicia  y la voz angustiante, por radio de frecuencia nacional, del magistrado A. Reyes Echandía implorándole al presidente cesar al fuego; la vibración de los ventanales en la zona metropolitana de Bacatá cuando los capos explotaron el edificio de la Agencia de Seguridad del Gobierno y la gente corriendo en masa angustiada, como en las pantallas transmitiendo las piromanías del Wason; la cara achantada del zaguero A. Escobar al cometer un autogol en el mundial de fútbol de 1994 y escuchar la noticia de su posterior acribillamiento a la salida de una discoteca en el valle de Aburrá...

Alguien podría decir que esos  atentados han sido alentados por un móvil distinto al odio? Odio oligárquico al amago de igualamiento social y, en consecuencia lógica, el concomitante y simultáneo odio arribista a la pobreza económica y a todo ello que impida tener más billete. De forma aún inexplicable para mí, esos destellos de violencia amalgamados con el sustrato del rosario de desgracias sociales sucedidas hasta hoy, fueron la materia prima trabajada por la sabiduría de mis mayoras/es para herrarme un escudo sonoro, vibrante a los vestigios de injusticias distributivas (como la que simboliza la tentativa de desaparición de la marxista polaca) y a las ondas de inequidades actuales (como la que la humanidad caída del Dilan Cruz representa).

Así como las generaciones pasadas han legado en mí, una herramienta transformadora, también mis contemporáneos  gracias a los ascendientes de sus familias nucleares, extensas y prótesis, cuentan como yo, con un instrumento sonoro ajustado entre el estómago, el corazón y la cabeza, que sabe catalizar la violencia y se alimenta, para bien, de ella.

En enero se rememoró la vida y muerte de R. Luxemburgo. Para mí ella y su historia apenas comenzaron a tomar importancia desde ese día, no porque antes desconociera la importancia del uso público de la razón para  provecho de las sociedades, sino porque ignoraba su biografía. Pueda ser que algunos de mis queridos amigos/as, compañeros/as, y familiares, que se han afinado bajo circunstancias similares a las mías, desconozcan esa escopetarra que llevan dentro.  Pero es ella la transformadora, la catártica, y nuestros alientos lo que la mueve a disparar ráfagas de palabras semilla. Solo basta que atinemos en terrenos fértiles.

Editado por Miguelángel Núñez

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