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Batalla


Miguelángel Núñez

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Y dice: " ¡Kaperan! Este espacio es de ustedes.  Lo que tratamos es que mediante el diálogo, la reflexión, la conversación, evaluemos estos días en que juntos hemos trabajado; pensando en lo que erramos podremos saber en qué mejoraremos, como el gobernador (indígena) anoche decía 'sabio no es el que dice que sabe sino el que se equivoca y aprende'. (...) Ya hemos caminado, hemos andado juntos, y vamos llegando por esta vez al final de este camino, me voy de aquí con el corazón contento, no con el corazón triste. Nosotros, hablo por mí, pero espero que mis compañeros estén de acuerdo, desde la ciudad intercederemos por el resguardo; con ONIC, con Gobierno Mayor, quienes estamos aquí hemos trabajado antes con ellos, quisiéramos que las instituciones (del Estado) comprendieran mejor lo que aquí sucede y esa es nuestra tarea. No crean que la ciudad es cómoda para nosotros. He aprendido con ustedes muchísimo, y sobre todo he sentido como sentían mis ancestros, mis tataratatarabuelos, se que ellos, alguna vez, en un pasado no muy lejano, vivieron así como ustedes y en algún momento abandonaron, sin saber por qué, su territorio. El río me hará falta y la selva también; quisiera venir con mi hijo a visitarlos. En la ciudad no crean que es buena la vida, hemos visto cómo las personas viven en una situación deplorable, en las calles, con necesidades básicas insatisfechas, sin un techo, sin una casa, comiendo la basura que son las sobras de las comidas de otros y pienso que esas personas, muchas de ellas, fueron desarraigadas de sus territorios, expulsadas. Ustedes cuentan con un hermoso resguardo, inigualable, por favor, sigan resistiendo, ustedes desde aquí y nosotros desde la ciudad trabajaremos por el resguardo. No me queda qué decir, solamente muchas pero muchas gracias."

 

J. se despidió y con su talante de gracia inteligente dijo llevarse, entre otros recuerdos memorables, haberse atravesado con un oso perezoso, que desubicado, o tratando de cruzar la quebrada Tordó, de una orilla hacia la otra, por las ramas de un árbol caído por el temporal de la noche anterior, al final acabaría en nuestras panzas. Ese fue el segundo día de recorridos, cuando en dos botes con motores fuera de borda, por el Río San Juan desde Chagpién nos enrumbamos por la quebrada Tordó. En ambos botes por lo menos 16 guardias indígenas del Cabildo nos acompañaban luciendo sus bastones de mando; prendieron los motores halando la cuerda que iniciaba la combustión, y al instante todo era alegría de ir acompañados en minga, como dirían los andinos, para caminar juntos recordando y buscando los lugares sagrados, reserva ecológica del resguardo. Desde nuestra orilla divisábamos el buque de la Armada N. flotando en silencio, ya parte del paisaje de la selva, en una tensa existencia, imperceptible para el novato, incauto o foráneo, provocando con su constante amenaza, a la gente de monte en armas. Todos perspicaces, adivinamos que estaba allí, como una muestra del poder militar que obvia considerar el pensamiento, el sentir de las gentes humildes, alentados por la cínica conmemoración del 20 de julio; envalentonados y su fe renovada por la catarsis que causa la fiesta y por la complicidad que la confidencia de los secretos custodiados; el mando del buque ordenó llevarlo aguas arriba y anclarlo en la orilla occidental del río San Juan a la altura de la comunidad negra de Copomá y la indígena de Chagpién. Allí había aguardado desde el 21 de julio, y desde allí los militares de la armada, controlaron hasta donde la ignorancia de la ley wounaan y de su gobierno y de su lengua se lo permitían; quien tenía el mando era un hombre blanco, muy blanco, inclusive de rasgos afeminados, en comparación con la tez chocolate y la rudeza de los cuerpos de sus subordinados. El primer día de navegación nuestro lo conocí. Ya algunos compañeros lo habían hecho en la tarde del martes, llegando al resguardo con la guardia indígena en el bote Chagpién, cuando debieron arrimar al buque para identificarse como servidores públicos del Estado, de aquellos que ayudan al tránsito de la guerra hacia la paz (o por lo menos, al paso hacia el pos-conflicto). De manera increíble, cada vez que los marinos de agua dulce intentaban comprender quienes eran, de dónde venían y para dónde iban, llamaban a alguien cada vez más joven (o tal vez, con menos sufrimientos y guerras internas) hasta que al tercer o cuarto intento fallido apareció el teniente blando, ante las voluptuosidades de la trabajadora social, la socióloga y la ingeniera. Parecían no saber de nuestra venida. Nunca sabremos si fue simplemente una mascarada, pero sí supieron desde ese instante que una amenaza yacía, emergía como la madreagua que te sumerge por tres días en el lecho del río, y que causa dolores a los taitas de los atrapados por esa madre porque desconocen si sus hijos sobrevivirán o descansarán por siempre: así ese fantasma verde nocturno estuvo allí flotando el domingo 21, el lunes 22, el martes 23, el miércoles 24, el jueve 25 y el viernes 26; cada día crecía la preocupación del cabildo y de la comunidad, y la expresaba pública y privadamente diciendo "ese barco ahí, y esta gente pensando que es porque ustedes o nosotros lo trajimos". Recordé uno de los versos de poesía, de esa que se define con categorías negativas, "teme en el ciego muro la mirada que te acecha"; recordé una pintura donde ojos pares de gato, tan altos como árboles que crecen desde el suelo arcilloso hasta el dosel de la selva, miraban en la noche al río Atrato, desde la orilla de Bahía Solano (el poblado que se levanta en la otra vera del malecón de Quibdó), listos a cazar.
 
El miércoles 23 en nuestra primera navegación, que había sido planeada por la quebrada Tordó, advertimos que el rumbo había sido cambiado, iríamos a la quebrada Copomá. El buque no estaba en el mismo lugar que el martes, lo desanclaron y llevaron aguas abajo. Libres de controles, los motores impulsaron el bote para cruzar el San Juan buscando la bocana Copomá, y los indígenas wounaan, hombres todos adornados de sus bastones de madera fina tallados en lo alto con cabeza de hombre, serpiente, mano de mono y amarrados a cintas de seda amarilla, negra, verde, blanca, roja, sintieron temor, en especial los jóvenes, y L, el gobernador del Cabildo, quien iba de puntero en el bote, como guía indicando al motorista la velocidad apropiada y las maniobras requeridas para zigzaguear los raudales, apoyado en su bastón de cabeza de hombre, el más alto de todos, y pintado con jagua, pidió apagar el motor, el bote movido por la estela de agua se balanceó y así casi se topa con el casco de una piraña, así llaman a las lanchas rápidas de la armada, de 2 motores 200, aprovisionada de un arma madre en estribor, que en ese momento se veía dormida, con el cañón sostenido en el piso, pero rebosante de peligro, como una pantera en un sueño profundo a quien nadie puede acercarse, ni de lejos. Había tres hombres imponentes, metidos en sus prendas de manchas verdes multitónicas, la retaguardia del teniente, quien emergió con comodidad de entre la manigua para subir a su piraña y recibir al gobernador L., quien de semblante tranquilo subió a esa máquina de guerra ostentando su autoridad, sin pedir permiso, para que las palabras dichas quedaran plasmadas con claridad en la memoria del de tez blanca y afeminada. Preguntó hacia dónde íbamos y al satisfacerse con la respuesta reconoció de palabra el importante trabajo que hacíamos, dirigiéndose a los que sentados aguardábamos en el bote. Prendimos el motor, y justo en la siguiente serpenteada del río que se estiró a nuestra derecha, la segunda piraña flotando aguas arriba, en silencio, para mantener el oído aguzado, y geométricamente separada de las otras dos; en el siguiente sinuoso del río, la tercera máquina de guerra. Fueron como las semillas de un rosario tendidas en la quebrada, y no fueron las únicas tres, en el rosario de calamidades que las comunidades chocoes enfrentarían  esos días.
 
 
 
 
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SvaraVidarebefordra
 
 
 

 

Editado por Miguelángel Núñez

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